Era en Nochebuena

Pasillo arriba, pasillo abajo… me encantaba el deslizar sobre las alfombras que mis abuelos colocaban con cuidado sobre el siempre resplandeciente suelo de parqué. Sabía que eso a la abuela le ponía nerviosa, y más en una noche como aquella, en la que tanto había que preparar.

¡Ding-dong!, ¡Ding-dong! —Llamaron por primera vez a la puerta.

Ya sabía quién era. Mi tío, Miguel, que siempre tocaba dos veces. Y, precisamente, por eso, corrí todavía más. Venía de la Sierra y, como me decía cada año, Papá Noel pasaba por allí antes que por Madrid. Había regalo seguro.

—¡Sobrinita! —dijo, todo exagerado—. Este año, Papá Noel lo ha tenido difícil. Ha nevado tanto en la Sierra, que casi se resbala y cae del tejado. ¡No veas qué ruido montó la otra noche! Pero pudo dejarte esto.

Enloquecida y, mientras desenvolvía cuidadosamente el regalo en la sala de estar, llegó también Chon, la tía abuela, siempre con su cinta de villancicos que, muy concentrada, encendía en el aparato de música para crear ambiente, en tanto que llegaba el resto de familia.

—¡Pon el de Una pandereta suena! —dijo el abuelo, mientras venía de la cocina, todavía con algún resto de polvorón alrededor de la boca. Era su villancico preferido o, al menos, así lo recuerdo.

—Abuelo —le advertí, sonriendo, con un gesto para que se limpiara bien las comisuras—. Siempre con el peso de la diabetes, le gustaba el dulce más que nada en el mundo. Por eso, de vez en cuando, iba a escondidas a la bandeja de los turrones, procurando que la abuela no se enterara. Así que me guiñó un ojo, cómplice, y, como si nada hubiera pasado, se dirigió hacia el gran salón tarareando: Yo no sé por dónde irá, sal mirandillo arandandillo, sal mirandillo arandandá…

—¡Mamá, papá! ¡Mirad, mirad! —grité, emocionada—. Dios mío, había terminado de desenvolver el regalo y, por supuesto, quería empezar a probar mi nuevo juguete. Pero, de nuevo, el timbre. Más familia, más primos. ¡Ya estaba el lío montado!

Así, en un emotivo pero no menos dilatado camino de besos, abrazos y más felicitaciones de Navidad, fueron sentándose alrededor de la mesa donde ya se encontraba mi padre, con cámara de vídeo en mano, y preparado para grabarlos a todos. El primero en retratar fue el abuelo que, esperando impaciente, golpeteaba con suavidad las yemas de los dedos encima del mantel. Señal de que había hambre.

Así, mientras todos comentaban la buena pinta que tenía tal o cuál plato, me quedé observando el cielo a través de mi ventana más cercana, con los nervios de una niña de seis años y esa sensación que me hacía dormir por la noche con un ojo cerrado y otro abierto, bajo la duda de haber sido o no lo suficientemente buena aquel año.

Entonces regreso de ese recuerdo fugaz, veinte años después, donde me encuentro de nuevo frente a esa ventana. La de un hogar, ahora, con villancicos de otras vidas e ilusiones.  Y, antes de que mis ojos comiencen a empañarse por el recuerdo, en un instante, alguien asoma tras ella, me regala un guiño sonriente, cómplice, y desaparece. Como si nada hubiera pasado.

Anuncios

2 comentarios en “Era en Nochebuena”

    1. ¡Muchas gracias Pedro! Te deseo a ti también mucha suerte, he podido leer el tuyo e igualmente es muy bonito y emotivo. Nada mejor que disfrutar escribiendo 🙂

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.